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Miguel Benasayag: “Asimilarse al tiempo de la máquina es aplastar el tiempo biológico y cultural”

Ideas 2026-10-10 06:00:06

En nuestra relación con la tecnología es importante que la vida no quede anulada por la linealidad del cálculo, dice el filósofo

La primera vez que el filósofo Miguel Benasayag (Buenos Aires, 1953) experimentó con la inteligencia artificial (IA) fue hace un decenio. En aquel entonces, ese campo de la informática no estaba al alcance de todos, sino que era un nicho incipiente en el área de la investigación científica. Junto a un colega suyo armaron un prompt y le pidieron a la máquina la generación de una imagen de dos amigos tomando un aperitivo en el planeta Marte, todo bajo el estilo del pintor francés Eugène Delacroix. “Fue un momento fundante. Por primera vez en mi vida vi delante mío algo que hasta ese momento tenía el velo de lo secreto. Que correspondía a la singularidad total del humano: estaba comprobando la existencia de la creatividad algorítmica”, rememora.

En su último libro, La época de la intranquilidad (Prometeo), Benasayag, también doctor en psicología, no solo aborda la gravitación que la IA tiene en el mundo actual. Además, reflexiona sobre el dogma productivista y las nuevas formas de “colonización” impuestas a través de las redes sociales. Y no lo hace solo, sino en un diálogo con el filósofo italiano Teodoro Cohen, cuarenta años más joven. El volumen ha sido pensado, precisamente, como una “carta a los jóvenes”.

“El libro no busca moralizar. Más bien se muestra como un diálogo entre dos generaciones que conviven en un mundo lleno de amenazas económicas, ecológicas y epidemiológicas”, dice Benasayag, radicado en Francia, autor de más de treinta libros, entre ellos ¿Funcionamos o existimos? Una respuesta a la colonización algorítmica y La inteligencia artificial no piensa (el cerebro tampoco), en colaboración con Ariel Pennisi

-En su libro menciona que el desarrollo de aplicaciones como Chat GPT inaugura nuevas inquietudes sobre el espacio propio de los seres humanos. ¿Cuál sería ese espacio propio?

-La singularidad del humano siempre fue la razón, la consciencia, el alma. Ahora bien, la irrupción de la IA propuso una deconstrucción radical de todo eso para mostrar el lado mecánico del pensamiento. Al principio ese lado mecánico nos maravilla: de pronto una máquina le gana una partida de ajedrez a Gary Kasparov o escribe poesía. Pero ahí aparecen dos hechos. La delegación de funciones, y la masividad y la rapidez del fenómeno, que nos llevan cada vez más a preguntarnos: “¿y por qué yo no voy a usar la IA?“. Así, ambos tópicos hacen que la deconstrucción histórica de la singularidad humana aún no tenga respuesta. Pareciera, según la IA, que el pensamiento es un fenómeno mecánico y calculable.

-¿Cuáles son los límites de la IA respecto a la creatividad algorítmica?

-Hay dos. Por un lado, lo que empuja a los seres vivos a hacer algo no es la razón sino la pulsión, el deseo, el imaginario. Y, de vez en cuando, usamos la razón. Pero nadie guía su vida por la razón. Nuestra estructura se volvería demasiado rígida y perderíamos plasticidad, la fluidez de la vida. Por otro lado, la creatividad algorítmica es epocal. Para entender esto hay que remontarse a la crisis del 1900, donde la Modernidad, científica y artísticamente, encontró un tope. Y esa sensación de desacomodo con la época es un nivel que la máquina no puede tener, porque funciona dentro de lo estadístico. Puede incorporar algunos de estos elementos, pero nunca va a sentir el aire de una época.

-Usted señala que estamos en una época donde “el mundo algorítmico se presenta como el único existente”. No como un modo de representar la realidad, sino como la única realidad. ¿De qué forma se rompe ese patrón?

-Logrando una hibridación entre lo virtual y lo real que no colonice lo vivo, que no lo aplaste. Me gusta ejemplificar esto con lo que ocurre con el GPS. Lo utilizamos para ir de un punto al otro, pero en el medio no existimos. Ahí perdemos lo territorializado, que no es lineal, ni útil ni contable, y eso limita nuestra potencia. Lo mismo ocurre cuando estamos angustiados. Si le comparto ese pesar a un amigo, es porque no quiero solo una respuesta: en la relación está la cosa. En cambio, si se la cuento a una máquina, seguramente me va a dar una respuesta, pero la relación desaparece. Y esa relación con el otro que desaparece aplasta dimensiones subjetivas en uno mismo.

-Parecen razones como para alimentar la tecnofobia...

-La tecnofobia parte de un punto de vista equivocado. Considera que hay un ser humano puro y que hay que defenderlo en su pureza, que, en realidad, no existe. Los tecnófobos hablan de un mundo que nunca existió. La verdadera preocupación es cómo podemos hibridarnos de modo en que la vida, la democracia y la cultura no queden aplastados por la linealidad del cálculo. Es un desafío ético. Cada uno, a su manera, debe darse cuenta de que “algo” está pasando.

-Cuando usted habla del cambio de paradigma que representa el paso a la complejidad del presente, menciona que, en esa transición, los artistas “sienten el caos del mundo y lo transforman en poesía”. ¿Vamos, como especie, camino a dejar de “sentir” esa turbulencia para crear desde el algoritmo?

-El artista puede usar la máquina para continuar su proyecto creativo, pero no lo desvía por su vínculo con ella. Músicos, escritores, pintores: son gente que sufre porque están golpeados por la tormenta de la historia. Las nuevas ideas vienen siempre del arte. Creo que el rol histórico y social de los artistas es sentir esos desafíos y trabajar ahí adentro.

-¿Qué papel jugó la pandemia en el actual cambio de paradigma?

-La pandemia fue una especie de piña en el mentón que nos impidió seguir ignorando la complejidad y el caos. No solo empezamos a replantearnos el sentido de nuestras vidas, sino también la seriedad de nuestros trabajos y carreras. Hasta el 2020, millones de personas vivían pasando por alto el hecho de que el mundo había cambiado.

-Dice en el libro que en el siglo XX “el futuro en Occidente era el sentido y la idea de una ‘promesa’” y que hoy “cada cultura tiene su verdad: una especie de individualismo berreta y relativismo cultural”. ¿Cómo se recupera la noción de futuro?

-Encontrando otra manera de dar sentido a las cosas. Ya no se trata de obedecer a una vanguardia o a un líder que sabe sobre el futuro. Aun dentro de esta situación de complejidad es posible encontrar un sentido donde esa “promesa” ya no es una promesa “más allá”, sino una una basada en la inmanencia. Ya no hace falta tener una zanahoria en el futuro para actuar en el presente.

-Junto a Cohen subraya que hoy la realidad se reduce a la dimensión de lo útil y eso produce malestar entre los jóvenes.

-Los jóvenes sienten el caos, la pérdida de sentido o la amenaza al trabajo de manera no reflexionada. Algunos tratan de aplastar eso con medicamentos o drogas, cuando en realidad no hay que aplastarlo: hay que transformarlo en potencia de actuar. Sin embargo, en ese sufrimiento hay una verdad.

-Si el trabajo coloniza la vida porque con el celular estamos siempre localizables, ¿cómo concebir la idea de alejarse del teléfono móvil sin recibir un telegrama de despido?

-El mundo empresarial debe entender que ese esquema es suicida. Se trata de un productivismo exacerbado que lo lleva a una victoria pírrica. Porque, a largo plazo, es destructivo. Todavía hay gente que piensa que el capitalismo no puede permitir esa comprensión.

-Sentimos la impotencia de “no tener tiempo” para hacer todo lo que queremos. ¿Es otra idea fantasiosa de esta época de intranquilidad?

-Sin dudas. La verdad es que el tiempo ni se acelera ni se desacelera. Querer asimilarse al tiempo de la máquina significa aplastar los tiempos biológicos y culturales. Una reflexión que se me viene a la cabeza es lo que ocurre con las apps de citas. Allí hay encuentros que evitan la complejidad y neutralizan nuestras subjetividades. No puedo reducir todo al utilitarismo y decir “hoy tengo tiempo para un café o para ir a la cama”.

-En el libro señala una salida de emergencia. La llama “la sobriedad alegre”. ¿A qué se refiere?

-A la importancia de darnos cuenta de que no hacía falta consumir tanto. Sería una sobriedad no marcada por una suerte de tristeza por lo que “no hay”, sino por la forma de la alegría del “no lo precisamos”. Resulta vital crear una estética alternativa. Una visión del mundo diferente.

-La época de la intranquilidad arranca con una cita de Atahualpa Yupanqui. De haber una segunda edición, ¿qué frase elegiría?

-Una del filósofo chino Chuang Tse, que dice: “Todo el mundo conoce la utilidad de lo útil, pero casi nadie conoce la utilidad de lo inútil”. Y lo inútil es la vida, el amor, la creación. La vida es totalmente inútil.



Fuente: LA NACION (extraído usando lector RSS).



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